"Nuestra gente está desmoronada", declaró el comisario Eduardo Prados, nuevo jefe de la Policía Federal (La Nación, 9/10), al referirse a la suerte de su antecesor, Roberto Giacomino, y a la de buena parte de la anterior cúpula, acusada de haber estafado gruesamente a sus propios camaradas, a la Obra Social policial y al Hospital Churruca.
"Nuestra gente está desmoronada..."
No es para menos. Y las cosas, para esos desmoronados, prometen ir de mal en peor.
Prensa Obrera conversó brevemente con el periodista Ricardo Ragendorfer, autor de los libros La Bonaerense (éste con Carlos Dutil, compañero del gremio de prensa fallecido en agosto de 1997) y La secta del gatillo, dos textos indispensables para comprender la podredumbre de la corporación policial.
"La policía provincial y la Federal —nos dice Ragendorfer— tienen un punto en común: casi no hay delito contemplado en el Código Penal al que ellos no se dediquen. Si algún mérito tuvo aquel libro que escribimos con Dutil fue el de describir en detalle todo ese panorama de corrupción estructural. Hasta entonces, la policía por lo general sólo era acusada puntualmente por los casos de gatillo fácil. Hoy sabemos que el asesinato de personas, o el arrojar chicos al Riachuelo, son las únicas actividades que esta gente hace sin fines de lucro, por pura vocación criminal."
¿Qué solución le ves a esto?
Institucionalmente, esto no tiene solución posible. Estas policías deben ser disueltas, pero para eso es preciso producir en el país cambios políticos de una magnitud enorme, una revolución. Y ese asunto excede mis posibilidades de análisis porque yo no soy político, sólo soy un periodista de investigación que intenta ir a fondo con su trabajo.
Hasta dónde habremos llegado, añadimos nosotros, para que un periodista simplemente capaz, que apenas procura "ir a fondo con su trabajo", llegue por eso mismo a la deducción correcta aun sin ser un militante, un político. Será, corresponde suponer, porque esa deducción está en la naturaleza del asunto. Tanto como para que la gente del comisario Prados se desmorone por los acontecimientos recientes.
El prontuario de Giacomino
Gustavo Beliz ha dicho, sin que fallo judicial alguno lo respaldara —cosa extraña en un "hombre de derecho"—, que Giacomino no sólo es un ladrón; además, según el ministro de Justicia, el ex jefe de la Federal está haciendo "extorsiones mafiosas". Casi enseguida, Beliz produjo una minicrisis de gabinete al sostener que en la década de los ’90 el país vivió una "narcodemocracia". Él debe saber perfectamente de qué habla, puesto que formó parte durante casi cinco años de esa "narcodemocracia", primero en la Secretaría de la Función Pública y luego en su condición de ministro del Interior de Carlos Menem. Pero llama mucho la atención que el titular de Justicia abra así el paraguas al referirse a las "extorsiones mafiosas" de Giacomino. Parece evidente que el muchacho se la ve venir...
Si se mira bien, Beliz tiene razón en tomar precauciones aun al costo de provocar un tembladeral en el gabinete. Si alguien conoce a fondo la podredumbre de los tiempos menemistas ÿy también de los que les siguieronÿ, ése es el comisario Giacomino. Sabido es que los policías tienen la prudente costumbre de acumular documentación de inteligencia sobre sus propios jefes, para amenazar con utilizarla cuando, como sucede ahora, los dejan colgados del pincel.
Recordemos un poco.
Giacomino comenzó su carrera política al ser designado jefe de la custodia de Carlos Ruckauf, cuando éste era vicepresidente de Menem. En esos tiempos, Giacomino iba y venía de Europa —nunca se supo para qué— por encargo de Ruckauf. El destituido titular de la PFA compartía esa tarea con su segundo en el cargo, el comisario Faldutto, muerto extrañamente a tiros en una esquina en abril de 2002, sin que el asesinato tuviera mayor repercusión en la prensa. Pero así se arreglan las cosas en esos niveles cuando alguien saca los pies del plato.
A no olvidarse de Carlos Soria
En cuanto a la Bonaerense, en una nota anterior nos referimos a declaraciones de Juan José Alvarez sobre el comisario Sobrado. Como se recordará, Alvarez dijo que él nada tuvo que ver con la designación del comisario echado de la fuerza por tener una cuenta de 333.000 dólares en las Bahamas. Desde estas líneas le decimos a Alvarez que no mienta: él fue impulsor directo de Sobrado y, además, el flamante secretario de Seguridad de la provincia se verá en apuros en cuanto se vea su firma en la autorización para que Giacomino estafara al Hospital Churruca, cuando Alvarez todavía era ministro de Duhalde.
Por otra parte, y ahora en descargo de Duhalde, de Solá y del propio Alvarez, digamos que no estuvieron solos en la preparación de la masacre del Puente Pueyrredón. Desde el primer momento, hemos olvidado un nombre clave en aquellos crímenes: Carlos Soria. Este hombre, secretario de Transportes y luego diputado en la década de la "narcodemocracia", menemista tan fervoroso como duhaldista en cuanto el sol calentó de ese lado, más tarde kirchnerista y reciente perdedor de las elecciones en Río Negro, estaba al frente de la Side en aquellos días y fue él quien pergeñó la idea de un supuesto "plan subversivo" según el cual los piqueteros se proponían "sitiar la ciudad" con vista "a la toma del poder".
Así las cosas, mientras la movilización popular no imponga otra cosa, la investigación de los sucesos del puente tendrá su techo en el esbirro Fanchiotti.
Y ya que hablamos de Fanchiotti y de los crímenes del puente, añadamos algunos datos que por el momento permanecían escabullidos y sirven para descubrir, como se lee en el título de tapa de Prensa Obrera Nº 820, que la crisis policial deja al desnudo "la irremediable podredumbre del viejo régimen".
Fanchiotti había sido jefe del Comando de Operaciones Policiales de la Bonaerense; esto es, de las patotas de calle, por donde pasan obligatoriamente los sobres de la recaudación paralela. Algo pasó allí, pero de buenas a primeras este criminal descendió a oficial de tropa de la Departamental de Avellaneda, donde se ocupaba, sobre todo, de mantener la "seguridad" en los estadios de fútbol.
Según se desprende de las investigaciones judiciales, antes y después de los asesinatos de Kosteki y Santillán, Fanchiotti habló varias veces con el ex intendente de Guernica, un puntero de apellido Rodríguez, en ese entonces segundo de Soria en la Side. Precisamente en Guernica Fanchiotti había prestado servicios, y tenía con Rodríguez un vínculo aceitado. Rodríguez permanece en la Side hasta hoy, y es el esposo de Mabel Müller, senadora duhaldista, ladera inseparable de "Chiche" Duhalde. También hubo, aquel día trágico, cruces telefónicos entre Rodríguez y la "base Billinghurst" de la Side, donde trabajaban y trabajan una veintena de "batatas" que el propio Rodríguez introdujo en la central de inteligencia, procedentes de las barras bravas de Chacarita y de Los Andes, y de la murga Los mimositos de Burzaco. En esas manos está la seguridad de la población.
Por otra parte, todo indica que en las semanas previas a la masacre se habían hecho trabajos de inteligencia sobre Kosteki y Santillán (fotografías, seguimientos), y eso explicaría que Fanchiotti, jefe de la operación, estuviera cumpliendo funciones de cabo primero, precisamente para asesinar a esos muchachos. Aclaremos que, por lo común, el jefe de una operación represiva no se encuentra en el lugar de los choques sino a varias cuadras, handy en mano y con un plano sobre su mesa, de modo de recibir informes y dar órdenes. Éste estuvo ahí para matar personalmente, y si hizo eso fue porque alguien se lo ordenó.
Kirchner-Duhalde: guerra mafiosa
En la crisis de la Bonaerense y en la de los "federales" sale a luz el aspecto mafioso de la pugna política entre Kirchner y Duhalde. En julio, Kirchner se comprometió a respaldar la reelección de Solá a cambio de varias cosas; entre ellas, y no era la menor, que se rectificara la política de seguridad. Esto es, que se relevara a Juan Pablo Cafiero, no tanto por razones ideológicas sino porque Cafiero es un reconocido inoperante. Solá aceptó, pero pidió que las modificaciones se hicieran después de las elecciones. Kirchner estuvo de acuerdo.
Ahora bien: Solá cumplió a medias, y para gran disgusto de Kirchner puso en ese puesto al duhaldista Alvarez. Kirchner contestó con artillería pesada cuando su hombre de confianza en la Side, Sergio Acevedo, mandó a declarar en el caso Amia al jefe de Contrainteligencia, el ingeniero en electrónica Jaime Stiusso, (a) Stiller, quien dijo al tribunal que la ofensiva de la Bonaerense contra los desarmaderos de autos robados no había tocado Lomas de Zamora, la jurisdicción de Duhalde.
Como se ve, en cualquier costado de esta burguesía en la que se meta un dedo, brota la mierda como agua del lomo de una ballena.