Queridos compañeros: A pesar de la demora, debida a otras responsabilidades políticas urgentes, quisiera expresar mi alegría, como así también algunos pensamientos sobre el artículo y la discusión que siguió en Prensa Obrera acerca de James Joyce, en oportunidad del centenario del famoso “Bloomsday'’ -16 de junio de 1904-, el día de la moderna Odisea de Leopold Bloom, el Ulises de Joyce.
La razón de mi alegría no se limita al hecho de que considero a James Joyce como el Homero del siglo XX y que continúo leyéndolo desde mi adolescencia hasta ahora y escribiendo acerca de él: lo más importante es el hecho de que el periódico de la vanguardia de la clase obrera en Argentina pone debida atención no solamente a un aniversario formal de la literatura sino a la cuestión integral de la cultura y la revolución en nuestra época, en la cual James Joyce ocupa una posición central. El interés y la discusión sobre Joyce en Prensa Obrera es un signo claro, objetivo, de la vitalidad del propio proceso revolucionario abierto por el Argentinazo en 2001, así como del rol del Partido Obrero en él. Solamente levantamientos históricos que rompen la rutina social, solamente revoluciones sociales reales, que plantean la cuestión de la reorganización de todas las relaciones sociales bajo nuevas bases, pueden plantear la centralidad de la cuestión del arte y la cultura en el proceso de la emancipación socialista; solamente un partido revolucionario de tipo bolchevique puede abrir las páginas de su órgano central para abordar tales temas.
Los obreristas baratos y los pequeño burgueses snobs ven a Joyce y a la 'alta cultura’ como una prerrogativa restringida a círculos de élite cerrados, o a artistas e intelectuales dispersos, marginalizados, atomizados. Esta gente no puede nunca entender por qué y cómo la más alta cultura del siglo XX -el arte y el cine creados por la vanguardia rusa y soviética, bajo el impulso de la Revolución Socialista de Octubre, son el estímulo del poder de los obreros y campesinos y la completa libertad del primer periodo revolucionario fue producida en un país semi-asiático y subdesarrollado, donde cerca del 90% de la población era analfabeta...
Es verdad que la cultura y las masas oprimidas están separadas por una brecha abismal, la cual está creciendo cada vez más con la crisis capitalista mundial; una crisis de civilización (como la describe en forma precisa el Programa de Transición de la IV Internacional), que destruye tanto a la cultura como a las masas populares. Pero esta brecha en sí misma es la manifestación de una contradicción que une a estos polos opuestos, la separación del trabajo mental del trabajo manual en la sociedad de clases, una contradicción exacerbada bajo el capitalismo con la división interna del trabajo en trabajo concreto y abstracto, o sea la relación de valor.
En otras palabras, la brecha entre la cultura, la riqueza material y espiritual, potencial producidas por la humanidad, y los productores directos mismos, es la dramática expresión de la expropiación de éstos por sus expropiadores, los explotadores, quienes se adueñan y controlan las condiciones de producción. Por esta razón, la única forma de superar esta brecha pasa por el mismo camino revolucionario que es necesario para superar esta crisis: la expropiación de los expropiadores por la clase expropiada, la clase obrera, la clase universal, como dijo Marx, que conduce a la emancipación humana universal.
Con la expropiación de los expropiadores, bajo la dictadura del proletariado, comienza el proceso para la re-apropiación colectiva de toda la riqueza enajenada de la cultura humana, para el enriquecimiento de la naturaleza humana como tal. En el período transicional, la revolución da el impulso y crea las condiciones para el libre desarrollo del arle y la cultura y para el desarrollo cultural de las masas mismas, para una revolución cultural auténtica.
La clase obrera “aprende a aprender” (Trotsky) y la brecha entre la cultura y la vida de todos los días se va extinguiendo junto con la división en clases y el Estado.
Esta tarea es en su contenido una tarea internacional, y solamente puede ser completada a escala mundial. El trágico destino de le Unión Soviética y lo que Trotsky llamó “el martirologio de loe artistas soviéticos” bajo el estalinismo históricamente lo han demostrado más allá de toda duda.
No es casual el hecho de que Trotsky, con el apoyo de André Bretón, Diego Rivera y otros, hiciera el intento de integrar a la lucha por la nueva Internacional a los artistas de vanguardia de todo el mundo (¡en una suerte de LuchArte internacional!). Esta no era une “táctica astuta” para ganar políticamente el apoyo de loe artistas, sino un paso integral de su entera concepción de nuestra época de transición, a través de guerras y revoluciones, hacia una nueva sociedad sin clases. Trotsky, quizá más que otros marxistas después de Marx, tuvo la percepción más profunda de la naturaleza contradictoria de cultura y arte, “Sí, la cultura fue el principal instrumento de la opresión de clase”, escribe. "Pero también ella y solamente ella puede transformarse en el elemento de la emancipación socialista (Cultura y Socialismo). En la Unión Soviética, junto con Lenin, se opuso resueltamente al obrerismo como una forma de idealización de la miseria de los trabajadores y luchó contra la ‘cultura proletaria", la precursora de la monstruosidad estalinista del “realismo socialista”. Y en 1938, el año de la fundación de la Cuarta Internacional, esbozó, junto con el padre del surrealismo, André Bretón, el Manifiesto Hacia Un Arte Revolucionario Libre; donde el líder bolchevique demostró ser más valiente y más abierto a la libertad artística que el poeta surrealista! La tarea planteada en 1938 está todavía vigente, indisolublemente interconectada con la más grande tarea de nuestra generación: la refundación de la Cuarta Internacional.
Este es el primer punto que quería dejar establecido. Ahora, el segundo punto se refiere directamente a la discusión sobre Joyce. ¿Por qué Joyce? ¿Por qué ahora?
La razón no es el hecho de que James Joyce era, generalmente hablando, "progresista”, del lado de la dase obrera. Es cierto que compartió puntos de vista socialistas y anarcosindicalistas, que odiaba el nacionalismo burgués y el antisemitismo, y que expresó su admiración por el fundador del marxismo italiano Antonio Labriola. Cuando estuvo exilado en Trieste, Italia, participó en la huelga general que los trabajadores italianos organizaron como saludo a la revolución rusa de 1905. Pero hay una razón más profunda de por qué Joyce es relevante hoy. Como ha demostrado Trotsky, una gran obra de arte no sólo supera las limitaciones político-ideológicas de su autor, sino las ideas dominantes y limitaciones de la propia época. Da una visión de la Historia como un todo, de sus contradicciones y tragedias, así coma de sus tendencias internas y potencialidades con relación a un futuro aún inexistente. En este marco, resulta también capturada la naturaleza específica de la época del autor. Este fue el caso del Dante, Cervantes. Shakespeare y Dostoievsky. Este es también el caso de James Joyce. La famosa frase en Ulises, “la Historia es una pesadilla de la cual estoy tratando de despertar”, resume enteramente su proyecto. La “pesadilla” de Joyce no es diferente de la visión que Marx tenía acerca de la Historia de la sociedad de clases, como una prehistoria bárbara que debía ser terminada para que la Historia real comenzara. Joyce no trata de evitar la pesadilla, de permanecer ciego a la Historia y sus luchas. "¿Y si esa pesadilla te diera una patada en el traste?”, escribe inmediatamente después de la frase anteriormente citada. La Historia no puede ser ignorada, te patea, y te patea duro. La cuestión es despertar de la pesadilla de la barbarie de la sociedad capitalista moderna en decadencia, para acabar con la prehistoria con medios revolucionarios.
Joyce no solamente no ignora la realidad histórica, sino que desenvuelve en su obra su odisea entera, la larga marcha de la civilización con todos sus malestares. En un sentido, él es como su maestro Aristóteles, la mayor mente enciclopédica de su tiempo. Vive intensamente la pesadilla de toda la humanidad en un largo día, Bloomsday. Y deja abierta la esperanza de un despertar (Finnegans Wake es el título de su última obra magna, después de Ulises). Ulises termina con un Sí a la Vida
Joyce ha revolucionado no solamente la forma de la novela sino la literatura misma. Introdujo un tipo de revolución permanente en la escritura. Indudablemente, hace difícil la lectura. Pero en mi opinión, hay algunas guías (la primera fue escrita por un discípulo de Joyce, Stuart Gilbert, con su aprobación) que dan la mayor parte de las pautas necesarias acerca de la relación entre los episodios de la Odisea de Hornera y el Ulises de Joyce, las símbolos, estilos, etc. Con tal mapa y compás, un lector serio puede navegar en este océano y hacer sus propios descubrimientos. La dase obrera, particularmente su vanguardia, tiene que aprender a aprender, incluso en el periodo preparatorio de la revolución.
De todos modos, si bien es comprensible que un trabajador privado de todo de medios materiales y culturales tenga dificultades, particularmente con las obras maestras del modernismo, tenemos que subrayar que la burguesía y sus intelectuales, quienes controlan todos estos medios, tienen también enormes dificultades, aunque de otra índole. El gran escritor y discípulo de Joyce. Samuel Beckett, escribió en su ensayo juvenil Dante. Bruno... Meo... Joyce, dirigiéndose a los intelectuales burgueses que encontraban incomprensible la obra de Joyce: “¡Si ustedes no lo entienden, señoras y señores, es porque están demasiado decadentes para recibirlo!”.
(He tenido recientemente una discusión con un dirigente intelectual, políticamente conectado con el llamado Secretariado Unificado, y me dijo que él no puede comprender dos cosas: primero, no puede comprender una sola palabra de Joyce y. segundo, no puede comprender por qué yo llamo a su “camarada” Rosseto, el ministro del gobierna de Lula, ¡un traidor!)
La recepción real de todos los tesoros de la creatividad e imaginación humanas tendrá lugar cuando pongamos fin al sistema capitalista decadente, con el triunfo de la revolución socialista mundial. Trabajemos para esta tarea, ¡para despertar de la pesadilla de la barbarie capitalista!
Con los más calurosos saludos trotskistas.
Atenas, 8 de agosto de 2004